Antes de abrir un catálogo de tipografías, definimos tres o cuatro adjetivos que describan el tono de voz visual del proyecto: cálido o frío, clásico o contemporáneo, sobrio o expresivo. Esos adjetivos guían toda la búsqueda posterior.

Buscamos siempre al menos dos familias tipográficas que trabajen bien juntas: una con más carácter para titulares, y otra más neutra y legible para el cuerpo de texto. Rara vez utilizamos una sola familia para todo el sistema.

La prueba definitiva es siempre la misma: componer un párrafo real de texto largo con la tipografía elegida y leerlo de principio a fin. Si la lectura se vuelve incómoda, por bonita que sea la tipografía, no es la elección correcta.

Por último, comprobamos la disponibilidad de pesos y estilos necesarios —cursiva, versalitas, números— antes de cerrar cualquier decisión tipográfica definitiva.

“La tipografía comunica antes de que se lea una sola palabra. Este es el proceso que seguimos para elegirla en cada proyecto.”